PAN y Soja
Casi tres meses de conflicto entre productores agropecuarios y gobierno nacional. Conflicto que se decía por políticas agropecuarias en general y mostró su costado bien sojero. Conflicto político que podría inaugurar un nuevo actor: el Partido Agrario Nacional, el nuevo PAN como alternativa al kirchnerismo. La concentración oligopólica y la sojización. Gorilas y contreras.
El lockout empresarial que los productores agropecuarios realizaron tras el anuncio del régimen de retenciones móviles a la exportación de soja, maíz y girasol del 11 de marzo pasado, hizo un esfuerzo enorme por poner sobre la mesa de la opinión pública que el problema no era sólo el nuevo régimen de retenciones, sino que esto era la gota que colmaba el vaso de sufrimiento de los pequeños y medianos productores, quienes no se beneficiaban con la sojización de las tierras del país, sino que muy por el contrario, veían cómo esa sojización destruía la estructura clásica, que por ejemplo en San Pedro, Bs. As., -uno de los lugares donde la protesta más arraigó y donde este cronista nació y vive buena parte de la semana- se expresaba en frutas de carozo y cítricos.
Entonces, se cortaron las rutas y se puso en peligro el abastecimiento de alimentos de la población para llamar la atención de un gobierno que no desarrollaba políticas públicas tendientes a modificar la estructura de concentración de la economía agraria en pocas manos.
Extraño resultaba que, si la cosa era así como acaba de ser relatada, la Sociedad Rural y CARBAP acompañaran una protesta que los perjudicaría: ellos son los grandes productores.
Otra lectura pudo hacerse: la protesta es por las retenciones. Esto es, el Estado retenía un porcentaje de las ganancias de los productores de soja, maíz y girasol; de los grandotes, de los medio pelo, de los pequeñitos, en fin, de todo aquel que sembrara esas oleaginosas. Especialmente de los de soja, pues ante las consecuencias del menemismo, los precios internacionales de las commoditties, el “gran descubrimiento” de Monsanto -que inventó una semilla resistente a su Roundup, la regaló durante un lustro y luego la patentó- , el modelo económico de dólar alto, y, sí, la sojización de la producción agrícola nacional, muchos productores arrancaron de raíz la estructura productiva existente y se enrolaron en la plata fácil y dulce de la soja. Las nuevas retenciones tocan esas ganancias, y, ya se sabe, al dueño de los medios de producción no le gusta que se les imponga repartir sus ganancias.
Tras la tregua, el armisticio que cedieron los productores agropecuarios, la mesa de negociaciones se convirtió en el tema del ágora mediática. Muchos cronistas se han expresado acerca de lo tortuoso que es negociar ante la tribuna expectante, pues se tiende a enunciar en función de la tribuna, interpelándola a ella en lugar de a quien se tiene en frente.
La negociación suponía que los dos actores en cuestión, el gobierno -representante de las mayorías que lo votaron, y jefe del Estado que somos todos- por un lado, y los dirigentes ruralistas, emblocados en una mesa de enlace donde confluían Federación Agraria -antaño adalides de la lucha por la tierra y la reforma agraria, hoy expulsores a palazo limpio de los campesinos sin escritura en Santiago del Estero- con la Sociedad Rural Argentina, líderes históricos de la derecha conservadora argentina, herederos de Julio A. Roca y Alfredo Martínez de Hoz. La mesa de enlace, se suponía, representaba los intereses de todos los productores agropecuarios, hasta que apareció un exaltado con verba de payador en Entre Ríos que les resultó pintoresco y auspicioso para ganar audiencia a los medios comerciales de comunicación masiva.
Luego la protesta volvió. Ahora ya no se cortaron rutas porque la medida desgasta la opinión pública, que se banca esas cosas por un rato, pero no muy largo, y se decidió impedir la embarcación de granos para la exportación, aduciendo que así el gobierno sentirá la estocada en la caja fiscal, pues si no hay exportación, no hay recaudación por retenciones. Es probable que Bunge, Dreyfus, Cargill, Grobo y el kirchnerista Urquía, dueño de Aceitera General Dehesa (AGD) y del pueblo homónimo, se estén riendo mirando por tele en su plasma de cincuenta pulgadas cómo el inefable hijo de ganaderos terratenientes y ahora empleado de la SRA Raúl Victores -sampedrino, como quien escribe estas líneas- le pellizca el culo a un maniquí en la ruta y para la tele.
PANegírico
El 25 de mayo se pusieron la escarapela de soja y en el monumento a la bandera de Rosario hicieron un acto multitudinario que no reunió a todos los que son pero tampoco estuvo muy lejos: hubo unas 250.000 personas, podrían haber sido 500.000, pero no mucho más. Puede haber, al menos, dos lecturas sobre el fenómeno multitudinario del soleado domingo patrio: no habiendo una oposición digna de ostentar ese título, aquellos que no comulgan en absoluto con el kirchnerismo encontraron un espacio de expresión de su malestar, sus deseos y sus posicionamientos, aunque no crean demasiado en las posibilidades políticas del movimiento campestre, como bien los llamó Grunner, y no estén más que gritando desde la tribuna, como siempre -y ya se sabe: el de la tribuna siempre tiene razón. Por otro lado, tanta gente puede empujar a los representantes del sector de los agronegocios a recuperar el instrumento que abandonaron después de que en 1912 al viejo Sáenz Peña se le ocurriera que las elecciones podían ser algo de lo que participaran más o menos todos: la política. Incluso pueden recuperar para sí la vieja sigla PAN, y ser el Partido Agrario Nacional.
No estaría mal, este cronista considera que en una democracia liberal representativa las movilizaciones coadyuvan a su mejor funcionamiento y permiten que no se la reduzca a mero ejercicio dominical cada dos años. También cree que el sueño de la democracia participativa será posible cuando esta que tenemos madure. Y también sabe que en la construcción política post peronista, quien no moviliza no existe y quien moviliza puede empezar a soñar. Los productores agropecuarios pueden empezar a soñar entonces con liderar un movimiento político, conformar el nuevo PAN, ganar elecciones, diseñar y ejecutar políticas públicas que consideren mejor para el país. Me suena ya el lema: PAN y Soja. Habrá que ver si logran algo más que una intendencia en el sojero sur de Santa Fe.
Otras puntitas
Queden para otra oportunidad las cuestiones en torno a por qué las negociaciones campo/gobierno no prosperan. Vaya como pequeña punta que donde el juego es de suma cero difícil será negociar cualquier cosa. Permítase también decir que un sector no puede tener el mismo grado de institucionalidad que un gobierno. El diálogo no es de igual a igual, y mucho menos puede ser fructífero cuando el sector del lado del menos en esa relación disimétrica grita que o le dan lo que pide o no hay trato. Quede para otra vez también la disputa entre quienes creen que el Estado puede y debe intervenir en la economía y socializar las rentas extraordinarias y quienes sostienen que el mercado regula solito.
Sojipolio gorilin
La protesta volvió sin esconder lo que se olía desde un principio: el problema no es la política agropecuaria que beneficia a unos pocos y reproduce la concentración oligopólica que se da en otros ámbitos de la economía nacional. No. Lo que se discute es que las retenciones impiden soñar con ser Los Grobo al resto de los productores. Y entonces, a todo aquél que sueña con que un día será lo que la tele promete, le da por poner el cartel en la vidriera de su negocio: “Estoy con el campo”. Distribuir la riqueza implica tocar intereses económicos, y tocárselos a quienes más tienen. Eso está claro, y los que protestan por sus ganancias lo tienen bien claro.
Si al kirchnerismo se le ocurrió recién ahora que la sojización acarrea consecuencias terribles, bienvenido sea. Más vale tarde que nunca. El discurso de la distribución de la riqueza deberá ser puesto en ejercicio, y nos impele a todos a hacérselos cumplir. El camino que dicen querer recorrer está por delante y es muy largo. El movimiento campestre quiere no recorrerlo. Habrá quienes consideren que al kirchnerismo hay que empujarlo para que no se vuelva solito al punto de partida. Un punto de partida que habrá que reconocer como logro. Póngale las causas que más guste: contexto internacional, necesidad histórica, casualidad ineludible. Pero no deje de reconocer que esto no es el menemismo ni 2001. El gobierno kirchnerista, que no rompió con la concentración oligopólica y que contribuyó en muchos casos a exacerbarla, es el mismo que puede mostrar índices de crecimiento y desarrollo mínimos pero insoslayables. El techo está muy lejos, pero el piso es innegable.
Por eso vale recordar a Viñas: se puede ser contrera, sí, pero nunca gorila. El gorila desprecia a ese otro que es distinto pero puede querer parecerse. Vayan dos ejemplos elocuentes: una anciana me contaba que siendo mucama cama adentro en una casa bian en Capital tuvo que devolver las pantuflas que con mucho esfuerzo ahorrativo se había comprado, pues su señora tenía las mismas y la obligó a deshacerse de ellas; el otro: en una radio FM de Rosario escuché a un conductor de apellido Polino o Polini, o algo así, decir ante la pregunta si era peronista o qué: “Peronista, no. Yo tuve la posibilidad de educarme”.
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