Pluralismo vs. Pensamiento Único
Ante el pedido de oyentes para que les enviemos la editorial con que comenzamos el Patas Arriba del sábado 22/12, decidimos publicarla en la web para que todo el que lo desee pueda leerla.
Un texto sobre la necesidad de pensar la democracia desde el pluralismo, abandonando la anacrónica distinción entre amigos y enemigos, proponiendo el concepto de adversario como eje de la diversidad de las relaciones sociales. A su vez, se define lo político y la política, los planos del conflicto y de la convivencia, sosteniendo la participación como metodología de los sujetos colectivos.
Todo aquel que pretenda realizar un análisis político en los tiempos que corren sabe que las discusiones y los debates políticos giran en torno a la democracia y necesariamente deben desarrollarse en su interior. Tras la victoria parcial del liberalismo, en su fase conocida como neoliberalismo, la discusión política, el debate y el análisis serio debe tener en cuenta el pluralismo, la diversidad de ideas como premisa fundamental. Podemos no estar de acuerdo, pero eso no puede significar la negación del otro.
Hecha esta salvedad, habrá que hacer otra, más teórica si se quiere, pero no por ella menos necesaria al interior de los discursos de aquellos que expresamos posturas políticas y, por supuesto, desde los medios de comunicación. Esta salvedad de tipo teórica es la siguiente: lo “político” es aquello ligado a la dimensión del antagonismo y la hostilidad que existen en las relaciones humanas, antagonismo que se manifiesta como diversidad de las relaciones sociales; la “política” es lo que apunta a establecer un orden, a organizar la coexistencia humana en condiciones que son siempre conflictivas en la medida en que están atravesadas por eso que acabamos de definir como “lo político”. Esta salvedad es necesaria para lo que hoy queremos exponer en esta editorial que intenta rebatir una idea de lo político y la política fundados en la relación amigo/enemigo. Esto en respuesta a una periodista que habló esta semana diciendo que nosotros y la organización social de la que formamos parte se equivoca al instalarla a ella como “la contradicción fundamental” y como “el enemigo” en las relaciones de fuerza social y política de nuestra ciudad.
Ante todo, es necesario aclarar que, como ya dijimos, reconocemos la dimensión antagónica de las relaciones sociales y que creemos que el objetivo de una política democrática no puede residir en eliminar las pasiones ni relegarlas a la esfera privada, sino que debe movilizarlas y ponerlas en escena de acuerdo con los dispositivos que favorecen el respeto por el pluralismo.
Las relaciones sociales construyen sujetos colectivos en torno a la dimensión de lo político, esa que necesariamente da cabida a la noción de conflicto, es decir a una idea de posturas antagónicas que se debaten con sus diferencias a los fines de avanzar hacia una síntesis superadora.
Por supuesto que esto no es así en la mirada del pensamiento neoliberal que pregona el pensamiento unidimiensional, donde el otro que piensa distinto es negado, y esa construcción del par nosotros/ellos aparece como una distinción entre amigos y enemigos. Y como bien lo explicita el teórico del totalitarismo Carl Schmitt, al enemigo se lo aniquila. Entonces, lo político y la política pensados desde el par amigo/enemigo implica el reconocimiento del otro en tanto objeto de exterminio, nunca de convivencia plural, eje de las democracias modernas, donde la convivencia de posturas antagónicas es premisa fundamental para el desarrollo de la vida en común. La existencia del pluralismo, entonces, implica la permanencia del conflicto y el antagonismo, imposibles de eliminar para lograr el sueño kantiano de armonía y reconciliación, absolutamente necesaria para alcanzar los acuerdos que permitan el desarrollo integral de las mayorías en un régimen que se pretende representativo de ellas. Esto deja entrever que el gran problema de la política moderna desde Maquiavelo y Hobbes a nuestros días es el problema del poder. Los neoliberales y los funcionalistas, para quienes el universo conocido viene dado y el hombre no es más que otro de los objetos que lo conforman, creen que es posible prescindir de las relaciones de poder. En cambio quienes entendemos al hombre como sujeto situado en la historia y su devenir, creemos que el objetivo de una política democrática no debe ser erradicar el poder sino multiplicar los espacios en que las relaciones de poder estarán abiertas a la contestación democrática.
La relación nosotros/ellos pensada desde el par amigo/enemigo es un anacronismo propio de quienes abordan el análisis de la realidad desde la opinología que toca de oído y sólo se escucha a sí misma. Desde los años setenta a esta parte, tras el fracaso de los socialismos reales y las intentonas revolucionarias foquistas, entre ellas las de nuestro país, los pensadores políticos han estado abocados a conceptuar la idea de democracia participativa y pluralista, una democracia donde las relaciones de fuerza, relaciones antagónicas por naturaleza, no pueden ser analizadas desde el viejo y vetusto par amigo/enemigo. La categoría de enemigo debe ser sustituida por la de adversario. Esto significa que en la distinción entre ellos y nosotros no se verá al otro como un oponente a aniquilar y abatir, sino a otro, adversario, antagónico, sí, pero con legítima existencia y al que se debe tolerar. La contradicción fundamental hoy es: pluralismo versus pensamiento único. Esperamos quede claro dónde estamos nosotros.
Se hace necesaria otra aclaración, esta vez, respecto a las “metodologías” para el logro de los objetivos de los sujetos colectivos.
Constituir un sujeto colectivo, es decir una organización social, política, ambientalista, cultural, cooperativa, es entender que la sociedad civil, la “ciudadanía”, como les gusta decir a algunos, cree que en el plano de la participación en la vida pública hay un nosotros que trasciende la individualidad de cada sujeto y se descubre a sí mismo sobre la base de problemáticas comunes. Por eso, se organizan en conjunto y peticionan, reclaman, patalean, solicitan ser escuchados por los representantes, quienes no obtienen un cheque en blanco en sus victorias eleccionarias sino que son elegidos para responder a las demandas públicas. Y esas demandas, en tanto públicas, deben hacerse en los espacios públicos, en la calle.
Insistimos, adversarios y antagónicos, nunca enemigos, porque estamos hablando de concepciones distintas de lo que deben ser las políticas públicas y apelando a las posibilidades de la vida democrática para discutirlas y debatirlas. Que no es lo mismo, por supuesto, que tomar con palos y bombas caseras la sede de un ministerio. Pero sí es establecer diálogos y debates que colaboren en la construcción de una democracia más participativa y más justa. Nuestra “metodología” tiene como premisa la participación popular en los debates públicos, y para ello hay que organizarse, debatir, proponer, generar, posibilitar y facilitar procesos que permitan a ese que está silenciado tener voz y no sólo voto. Democracia no es sólo la liberal representativa, también lo es, hoy más que nunca, la participativa y pluralista, esa que permite que adversarios antagónicos podamos sentarnos en una mesa de un café a debatir ideas acerca de cómo se comprende el mundo y cómo se lo transforma. El más grande pensador de todos los tiempos lo escribió en su juventud: no sólo se trata de comprender sino también de transformar el mundo. Y en eso, parece, estamos todos más o menos de acuerdo, al menos aquellos que no negamos la existencia legítima del que piensa distinto y creemos que la democracia sólo se logra respetando la pluralidad y tratando de encontrar la unidad en la diversidad, nada más, y nada menos.
Nota: Léase Mouffe, Chantal; El Retorno de lo Político